En toda época de la historia donde se incrementa el poderío del gobierno, el resultado siempre ha sido la disminución proporcional de la libertad del individuo.
Durante sus campañas electorales a la presidencia, Barack Obama prometió una y otra vez que arriendaría los “excesos” del libre mercado y apostó en grande en la intervención gubernamental para resolver las desigualdades y necesidades de nuestro país.
Para esto, el encargo del presidente a su formidable equipo de burócratas fue comprometerlos a hacer el resto de nosotros, el sector privado, gobernable. Según su criterio, nosotros, los ciudadanos éramos los culpables de no solventar las deficiencias de la sociedad con la efectividad adecuada.
Es por esto, que su enfoque al tomar el mandato presidencial hace cuatro años fue la inmediata formulación de políticas que avanzaran el crecimiento y la expansión del gobierno en todo aspecto de nuestra sociedad como en los sectores de salud médica, instituciones financieras y académicas, organizaciones eclesiásticas, viviendas y en el medio ambiente.
Su visión era emprender una nueva era de estatismo con esquemas de redistribución, avanzar aumentos en los impuestos y poner en marcha proyectos de inmensa regulación como lo son regulaciones al sistema de salud bajo Obamacare y regulaciones bajo el Acta Dodd-Frank, para así lograr una sociedad donde, supuestamente, reinaría la igualdad.
Presidente Obama sintió poder hacer buen manejo de sus servidores públicos al presumirlos capacitados, comprometidos, y honestos.
Ahora sabemos que no fue así, fue todo lo contrario. La economía está estancada, el desempleo ha empeorado la desigualdad, y los planificadores se tornan abusivos hacia las voces de oposición a espaldas de una Administración ajena a todo.
En la actualidad el país está pasando una serie de escándalos generados por una cultura arrogante y errada. Entre ellos, el atropello a la primera enmienda con el monitoreo de las conversaciones telefónicas de periodistas por el Departamento de Justicia estadounidense, al igual que la distorsión a los sucesos en Bengazhi, y luego la arbitrariedad de empleados del Servicio de Rentas Internas (IRS por sus siglas en inglés) que identificaban ciertas agrupaciones, por su oposición política, padecen de un escrutinio arbitrario con mayor celo que otras por burócratas desenfrenados. Esta práctica abusiva y tiránica tiene toda la intención de ponerle un bozal a las voces de oposición.
El reciente escándalo salió a luz debido a las indagaciones que se llevaron a cabo por fuentes no asociadas a la Casa Blanca. A pesar de que inicialmente se negó conocimiento de esta práctica por los ejecutivos, ahora se sabe que funcionarios de alto rango del IRS tenían conocimiento de las actividades ilegales y arbitrarias ejecutadas por varios empleados en contra de las agrupaciones conservadoras, pero no actuaron para poner fin a las prácticas discriminadoras.
Se ha dicho que la intención era sofocar la voz opositora de estas agrupaciones por sus creencias de limitar el poderío del gobierno porque la predilección personal de los burócratas era la reelección de Barack Obama a todo costo, y el disgusto que compartían estos “siervos públicos” por acallar las voces conservadoras los llevaron a tomar medidas que a su criterio eran justificada.
Yo acepto todas estas insinuaciones, cada una en su totalidad. Eso y mucho más.
Las acepto porque en toda época de la historia donde se incrementa el poderío del gobierno, el resultado siempre ha sido la disminución proporcional de la libertad del individuo.
Era de suponer que nadie de la Administración aceptara culpa por las fallas gubernamentales de un gobierno desmedido. Lo cual aumenta el argumento de la incompetencia o ignorancia masiva y descontrol por parte de esta administración. Como sea, lo que sí es evidente es que la falta de honestidad y culpabilidad mostrada por los altos funcionarios de la Casa Blanca se asimila a las dictaduras del pasado. Justamente, estas fallas de transparencia e encubrimiento han generado múltiples investigaciones por la Cámara de Representantes y miembros del Senado.
Ahora bien, estos incidentes son recordatorio sobre la importancia de llevar a cabo un gobierno limitado, con un sistema de control de poderío por fuerzas diversas electas por el pueblo, luchando por restringir el poderío del gobierno y la clase política.
La confianza del pueblo depende no solo en los resultados tangibles de una administración, sino también en el desempeño e integridad de los servidores públicos bajo su mandato.
Pero el Presidente Obama promovió sus ideas populistas por encima de voces opositoras a su política como la mía, al igual a las de otros ciudadanos que creen que el principio del economista Friedrich Von Hayek sigue vigente – la idea de que precisar una economía planificada y colectivista, llevará inevitablemente al uso de la coerción para obtener los fines deseados. Y es que la ética colectivista llega a ser, por necesidad, la ley suprema, y en su celo por conseguir una utópica justicia social el “siervo público” piensa que el fin justifica los medios.
¿Lección aprendida Señor Presidente?
Daniel Garza